Peinar el viento. Prólogo. Rosa Mª García Barja
He abierto la ventana, el cuaderno, la caja de mis
dudas por temor a no encontrarle entre los renglones. Y despacio, como un
funambulista, atravieso el recuerdo de los pocos momentos vividos, saboreando
la sal, la savia y la pólvora de la que está hecho el rompecabezas de barro que
urden sus manos cuando no se pierde en el abecedario, su sonrisa y sus
silencios. Eso es lo que se de él. Tan poco…
Si sé lo que es cuando escribe, sí me he colado en su
mundo paralelo, en su bulevar de hormigas, en cada uno de los cien días de
otoño rodeada de divinas criaturas, sí me he perdido en sus metáforas, en sus
cavilaciones rotundas, en su ternura rota, en sus verdades duras, en sus
paisajes, en su armonía, en las punzadas de tinta que despiertan sus escritos.
Sí, señor Cot, mi atrevimiento es sólo comparable a
las bravuconadas del viento a la orilla de un mar cualquiera, a riesgo del
naufragio, me atrevería a contar después de desgranar esta magnífica historia, de
sumergirme sedienta entre las páginas, de meditar, recomponerme y volver a
navegar desde el asombro, contar con los ojos cerrados de qué color, de qué
sabor, de qué sueño se nutre, que venas atraviesa la sangre del peine.
Me atrevería, pero sería como escuchar el sonido
del mar encerrado en una caracola, tan de mentira… No, cada lector debe
llenarse el alma de la furia, del susurro, debe sentir el frío, almacenar en la
retina la miel y la hiel, la verdad y el sueño, la sospecha envuelta para
regalo.
Me he mirado las manos por si la herrumbre me ha
teñido la piel mientras leía y me quedo con la herida de las letras entre los
dedos, manchada de luz como la luna inconstante que agita las mareas. Cada acontecimiento
hilvanado es tan preciso, que no encuentro el roto por dónde huye la cordura.
He llegado a la última página con la rabia de no
poder quedarme en el rincón de cada personaje, vestirme con los harapos que la
vida cuelga a cada uno detrás de las apariencias. Me he quedado con la música
de la felicidad perfecta, de lo inevitable, de eso que llaman destino, de los
acantilados de la mente, de los agujeros tan difíciles de tapar cuando el
corazón se niega.
Y ya enmudezco cuando dice: “Contemplas las estrellas y en ellas te refugias, pero al tiempo que unas te aceptan, las otras te escupen como un extraviado para la vida”.

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